"Tenemos todo para ser felices, pero falta, tal vez, sabiduría, lucidez, moderación..." Yves Michaud, filósofo francés.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Palabras como tristeza





Hay palabras que me encantan. Algunas van de la manita de otras y entonces explota la magia  ("Cry me a river", por ejemplo, que significa llórame un río y que es una frase mágica, o River Phoenix , que es un nombre propio de gran belleza y trágico final). Muchas de estas palabras que me encantan están asociadas a canciones, son en inglés u otros idiomas y despiertan en mí emociones que a veces no me explico del todo.
¿Cómo puede una palabra, algo que se dice, se escribe o se canta, tener ese poder?
Hay quien dice que los ojos hablan, que una mirada vale más que mil palabras, que por tus actos (no por tus palabras) te conocerán. Bien cierto que es. Pero para mí el poder de las palabras trasciende todas las acciones que podamos emprender, porque con ellas construimos un universo propio, que suena, que significa, que evoca y emociona.

Por eso es importante conocer a fondo el lenguaje, la lengua con la que nos comunicamos y cuanto más rico sea ese conocimiento, cuanto más extenso y a la vez profundo, mejor sabremos expresar lo que sentimos, quiénes somos, qué queremos, a qué hemos venido...
No hace mucho leí un artículo sobre las lenguas (a continuación os dejo el enlace por si queréis echarle un vistazo) que me hizo reflexionar sobre el poder del lenguaje. Podremos estar de acuerdo o no con la parte política del asunto, que siempre la hay, pero en lo que no podemos discrepar es en que una lengua sin matices es una lengua parche. Una lengua que sin duda nos servirá para comunicarnos pero nunca para maravillarnos, para sorprendernos, para emocionarnos. Será una lengua funcional, qué duda cabe, pero sin pizca de magia. Considerando el hecho de que un niño es capaz de creer que la magia existe y esto le sirve para ser más feliz, ¿no deberíamos como adultos reflexionar sobre lo que nos estamos perdiendo? Al fin y al cabo, si el dinero mueve el mundo, no menos lo hace la magia.

http://politica.elpais.com/politica/2015/09/22/actualidad/1442936658_416697.html




¿Por qué palabras como tristeza?

La palabra triste, tristeza, cuya etimología, como no podía ser de otra manera, parece que no está clara (vendría de la onomatopeya "tr", sonido de restregar, roer, pisotear trigo, derivando en significados como rudo, áspero, repulsivo, tétrico, nublado y oscuridad... ) es sólo una palabra bella y significante que me sirve para reflexionar sobre las lenguas y el lenguaje. Desde hace tres años trabajo en una residencia de ancianos, un sitio irremediablemente triste (por mucho que el grupo Hidrogenesse diga en una canción que "no hay nada más triste que una tienda de animales" o "los caballitos poni", creo que una residencia de ancianos los supera). Así que estoy en contacto con personas que están viviendo el fin de sus días, para las cuales decir "hasta el fin de mis días" no es una frase hecha, sino su presente continuo. "Estoy viviendo el fin de mis días".
Una puede escribir sobre tantas cosas... sobre cualquier cosa, de hecho, y entonces varias personas amigas me achacan que escriba sobre temas tan tristes (pudiendo escribir sobre cosas bellas, se entiende). Bueno, hay algo bello en la tristeza de la vida, igual que hay algo triste en la belleza, como la rosa perfecta que sabemos que se marchitará o un joven con aspecto de lobo solitario, que es a la vez bello y triste.
Escribo sobre la tristeza porque me parece el sentimiento más real, el más verdadero, el que más nos define como humanos.
Ya lo dice la canción "Tristeza nao tem fim, felicidade sim" de Tom Jobim y Vinicius de Moraes, otra secuencia de palabras encadenadas a unas notas musicales que fluyen como un río mágico. Y nadie puede decir que no sea una canción triste... aunque viniendo de Brasil lo triste pueda parecernos simplemente sublime.



Supongo que hacerse mayor es dejar que la tristeza nos acompañe cada vez más a menudo, como una compañera de asiento en el metro o como la vecina que siempre está en casa y nunca sale a ninguna parte.
A lo largo de la vida, nuestra relación con la tristeza va cambiando, pero siempre está presente. En las primeras etapas de la niñez nos tienen que explicar en el colegio qué es la tristeza porque apenas conocemos ese estado (al menos así debería ser) y aprendemos a dibujar caritas contentas y caritas tristes e instintivamente nos decantamos por la sonrisa y se la plantamos al sol, a las nubes, al perro, al gato... Luego en la adolescencia, esa etapa vital confusa y fascinante, descubrimos por nosotros mismos, mil veces amplificado y sobredimensionado, qué es la tristeza y sentimos cómo duele, cómo escuece, cómo llegan a quemar las lágrimas sobre la piel.
En la madurez la tristeza es algo habitual, que nos asalta de repente pero ya no nos sobresalta y nos hace caer en un estado melancólico transitorio que aprovechamos para salir reforzados valorando todas las razones -¡tantas!- que tenemos para ser felices (somos como las mareas, vamos y venimos, subimos y bajamos, nos llenamos y nos vaciamos sin cesar).
Por último en la vejez, por lo que me ha tocado ver, parece que se crea un vínculo especial entre nosotros y la tristeza -sobretodo si nos quedamos solos o nos mandan a vivir a una residencia; ahí ya llegamos a ser íntimos-, y suele venir de la mano de los recuerdos, que son muchos y ya no dejan espacio a nuevas alegrías. Entonces el día a día se convierte en una película en blanco y negro que se repite una y otra vez, hasta el fin de nuestros días, y la tristeza es la sala de cine donde diariamente se proyecta nuestra película.

Hay un cuento de Alice Munro que se titula "Demasiada felicidad" y que recrea la vida de Sofía Kovalevsky, una matemática rusa que vivió a mediados del siglo XIX. El título es evocador, demasiada felicidad... te matará. Habría que encontrar un equilibrio entre la felicidad y la tristeza. Eso sí, el momento de la muerte, todos elegiríamos, si pudiésemos hacerlo, que fuese un momento feliz. Morir con una sonrisa en los labios, qué placer inigualable. No suele pasar, es un regalo extra que a pocos se les concede. Por eso hay tantas voces que claman por una muerte digna, con opciones a sonrisa final.

En la residencia donde trabajo, he "visto" morir a unos cuantos ancianos y ancianas. Después de una vida azarosa (qué vida no lo es), estos abuelos mueren solos o acompañados de sus familiares, de repente o después de una agonía tranquila. Ignoro cuál es la última palabra que pronuncian. Su cama es desinfectada y rápidamente ocupada por otra persona.
Me pregunto cómo será, con ochenta o noventa años, después de haber vivido toda una vida en tu casa o con familiares, de repente mudarte a otra casa mucho más grande e inscribirte en una especie de estancias para la tercera edad con la fecha de vuelta sin cerrar. Y empezar a compartir tu vida con otra gente que no conoces de nada, compartir casa, mesa, sofá, televisión, juegos, hora de la siesta... Tiene que ser raro, ¿no? A algunos no les gusta nada ese cambio y se vuelven huraños y taciturnos. Otros cínicos y desconfiados. Otros cuantos no lo soportan y se mueren al poco. Ninguno está ahí por gusto. A lo más, resignados. Curiosamente, a ninguno se le olvida cómo increpar o directamente insultar a los demás. He visto abuelitas encantadoras como gorriones con moño soltar de repente unas palabrotas que harían ruborizar a más de un adolescente rebelde. Acaso es lo único que nos queda: las palabras rudas, la fuerza del vocabulario hiriente, cuando las fuerzas físicas están tan mermadas.
Ahí vuelvo a reflexionar sobre el poder de las palabras.


Aun a riesgo de que algún experto me desmienta, así me imagino yo la cosa:
cuando se inventó el lenguaje... bueno, más bien dicho, cuando se fue creando poco a poco el lenguaje, el ser humano sentía la necesidad de nombrar las cosas que veía. Primero las cosas que veía, las que sentía o quería después, y finalmente las que no veía pero en las cuales sentía la necesidad de creer, como los dioses o la vida más allá de la vida. ¿Os imagináis? ¡Cómo me hubiera gustado asistir a la creación de un sola de ésas palabras primigenias: agua, fuego, piedra, lluvia, viento, madre! La creación simultánea del lenguaje oral en muchos puntos del planeta, cada clan el suyo, cada grupo con su voz. Al principio no pasarían de ser simples sonidos guturales, muy básicos, onomatopeyas que toda la tribu empezaría a asociar con un objeto determinado o con una idea. Poco a poco esas "palabras" se irían puliendo a fuerza de usarlas, de rozarlas con otras, de gritarlas contra el viento, de embellecerlas para que sonaran más bonitas... y más tarde surgiría la necesidad de adjetivarlas, de diferenciarlas de sus semejantes, de añadirles un color, un olor, una textura o una propiedad... así iría poco a poco construyéndose el vocabulario de una tribu. ¡Qué magia tendría cada palabra, qué poder! Con sólo pronunciar unas sílabas concretas, el objeto nombrado aparecería ya en la mente del escuchante ¡aunque el objeto no estuviera ahí delante físicamente! ¿Hay algo más parecido a la magia que eso?
¿Y los nombres propios? Serían tan importantes como el propio individuo que los portase. Seguramente durante los primeros meses o incluso años, un bebé recién nacido carecería de nombre, hasta que un día algo o alguien daría con la pista del rasgo que mejor representaría a la futura persona, sus ojos de gacela, su cuerpo muy velludo, sus dedos largos y delgados, sus aullidos de lobo al hacerse daño...
Tal sería la importancia de los nombres propios (mientras que ahora una niña morena y oscura puede llamarse Nieves o Blanca y no nos sorprende o usamos nombres de los cuales se ha perdido su significado original para siempre y simplemente ya no significan nada. Contra eso, los gentilicios japoneses, chinos o euskaldunes, por ejemplo, que significan cosas, momentos, estados y por eso me gustan tanto).
Luego, sólo un poco más tarde o casi a la vez, aparecerían los verbos. Las acciones. Pásame el palo, vámonos, cuidado, bebe agua, quiero ir allá, tengo un cuchillo, tengo hambre, silencio, me siento mal, me gustas.

Si ahora jugamos con las palabras (yo misma lo estoy haciendo al escribir esta entrada), es porque en algún momento alguien necesitó las palabras para vivir. Yo las uso para jugar. Para pensar.
Nada como el uso que hacemos hoy en día del lenguaje para comprender cómo hemos avanzado en calidad de vida. Está claro que hoy día no usamos las palabras para sobrevivir, sino que las usamos para deleitarnos en ellas... o al menos así debería ser. Por supuesto continúan sirviéndonos como medio de comunicación entre nosotros, pero también, y sobretodo, para disfrutar con su sonido, con sus distintos significados al combinarlas entre ellas infinitamente.

Si palabras como "ahora", "después", "un día", "siempre"... costaron generaciones para hacerlas emerger (pensemos que los conceptos existían, pero no las palabras que los nombraban ni siquiera la necesidad de nombrarlos), ahora el niño que con tres o cuatro años no las comprende y domina, es considerado algo lento de entendederas. ¿Quién no se ha sentido tremendamente frustrado y exasperado buscando en su cabeza la palabra exacta que definiera lo que quería expresar y no encontrándola? 
Las palabras que decimos nos definen (las que no decimos, también). Hay quienes hablan por hablar, hay quienes hablan con propiedad y otros que hablan sin saber, hay quienes no dicen nada y hay quienes hablan demasiado porque hablar es gratis... 
Pero todos usamos el lenguaje. Puede que hayamos perdido capacidad de memoria y nos cueste recordar series de palabras que un día alguien se molestó en engarzar, pienso en los cantares de gesta, en los romances medievales de miles de versos que la gente se aprendía de memoria a través de los juglares y trovadores y pasaban de generación en generación, o sencillamente en las canciones que aprendíamos de niños y de las cuales hemos olvidado ya la letra... pero seguimos necesitando engarzar palabras a diario y tenemos todo el saber acumulado de la Humanidad registrado en palabras escritas. La cuestión es que hoy en día no necesitamos memorizar prácticamente nada porque todo está escrito. Cuentan que una tía-bisabuela mía, la tieta padrina, era capaz de ir al mercado con una cantidad fija de dinero, hacer la compra para los trece miembros de la familia y una vez en casa repasar las cuentas de memoria y comprobar que no la habían estafado. Yo ahora mismo tengo serios problemas para sumar de cabeza los precios de más de cinco artículos del supermercado para ver si me llega con un billete de veinte euros... Voy a que hasta que no apareció la escritura o no se socializó, la memoria y la transmisión oral eran básicas para el aprendizaje y la supervivencia. Ahora despreciamos la memoria, porque ya tenemos el gran invento por excelencia: la escritura.




La escritura

Surgió mucho más tarde que las propias palabras, pero hoy no somos capaces de concebir el mundo sin ella. ¿Cuál fue el origen de la escritura? ¿Cuál la necesidad concreta que empujó al ser humano a dejar constancia física de sus palabras?
Parece ser que hace 6.000 mil años, (IV milenio a. C), alguien pensó que para que no hubiera líos, había que anotar de alguna manera las cantidades de grano y otros productos que se vendían en el mercado y el precio al que se pagaban. Bueno, por supuesto estoy simplificando mucho, pero en Mesopotamia, antiguo Oriente Próximo, ya existía la necesidad de conservar operaciones y empezaron con las tablillas que representaban bienes y que se envolvían en arcilla y terminaron con al escritura cuneiforme. Y como la Historia empieza con la escritura, todo lo anterior a la escritura es la Prehistoria.
(Abro un paréntesis para apuntar que al parecer, sin embargo, hace 8.000 años, a principios del Neolítico o finales del Paleolítico, los humanos utilizábamos ya signos para transmitir información. Se trata de una serie de 88 signos o símbolos ideográficos o mnemónicos, aunque sin contenido lingüístico directo que se han descubierto en la zona franco-cantábrica pero también en el sur de la Península Ibérica. Es conocido como ELPA, o Escritura Lineal Paleolítica. Muy interesante.



Signario de la ELPA


Y ya que está el paréntesis abierto, otro estudio reciente confirma que el lenguaje humano nació hace al menos 400.000 años. Tendría que ver con la evolución de la capacidad auditiva, al parecer. Los homínidos de hace 3 ó 4 millones de años no eran capaces de oír según qué sonidos, con lo cual daría igual que se pudieran pronunciar. Hasta que el oído no fue capaz de captarlos, no apareció el lenguaje propiamente dicho.

http://m.noticiasdenavarra.com/2015/09/25/ocio-y-cultura/internet/el-lenguaje-humano-nacio-hace-al-menos-400000-anos


Ello me lleva a reflexionar sobre la necesidad de que para que dos partes en un diálogo se entiendan, tiene que existir la voluntad de entenderse y no taparse los oídos, puesto que entonces es como no poseer la capacidad física de dialogar (léase conflicto Catalunya~España, otro tema que me produce tristeza, ciertamente, pero que dejo sin duda para otro día).

Termino diciendo que las palabras son armas poderosas. Yo trato de enseñar a mis hijos que hablando se entiende la gente, que siempre hay que argumentar una postura, una idea, que las palabras nos ayudan a lograr lo que queremos. Agradezco la educación recibida, que me permite comprender el lenguaje y jugar a crear mundos con él, a menudo mejores que el que tenemos. Quisiera que todos tuviéramos este arma para enfrentarnos a la vida en igualdad de condiciones. 




Monedero original de la Tieta-padrina

3 comentarios:

  1. Les paraules, també defineixen l'efecte que fa una lectura, en aquest cas una gran il·lusió i satisfacció.
    Que no es pari, tens moltes paraules per dir.
    Albert

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  2. Sigue jugando con las palabras, me encanta leerte. Haces que aparezcan sonrisas y alguna fugaz lagrima de emocion. Gracias yoli

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