"Tenemos todo para ser felices, pero falta, tal vez, sabiduría, lucidez, moderación..." Yves Michaud, filósofo francés.

sábado, 3 de marzo de 2018

Glaciaciones





"Al este o al oeste, los bosques acabarán."

 J.R.R. Tolkien, de El señor de los anillos







2095/01/23
Confederación Pirineos-Sur, Distrito Federal 1


Ese año el invierno empezó tarde, bien entrado diciembre, pero empezó a lo grande, con una nevada que colapsó el país. La gente veía caer la nieve como hipnotizada, sin llegar a creérselo, y es que todos daban por sentado que, como las tres décadas anteriores, ese año tampoco habría invierno. Para los menores de treinta años, la visión de esa cortina blanca cayendo del cielo era algo completamente nuevo, inesperado, imposible de imaginar con la descripción mil veces repetida de sus mayores. Por fin conocían la nieve... y en verdad que era algo mágico. Los niños de oro, como se conocía a las crías humanas nacidas a partir de la década de los 80, frisaban por salir a tocarla y dejarse acariciar por esos copos leves y blancos. Pero los pocos a los que les fue permitido tal privilegio -sólo a los más mayores y más fuertes- se dieron cuenta enseguida de que la nieve era traidora, pues al rato su belleza se transformaba en dolor, y las puntas de los dedos de las manos y de los pies empezaban a arder como en una hoguera. A pesar de todo, merecía la pena, y de ello daban fe sus mejillas encendidas, el rostro iluminado y la emoción desbordada. Mientras trataban de responder a sus inteligentes preguntas lo mejor que podían, sus preparadísimas nanis les cambiaban de arriba a abajo, les ofrecían un chocolate caliente e intentaban no pensar en lo fácil que sería perder su empleo si esos pequeños llegaban a enfriarse.

Sin embargo, la blanca navidad también trajo desgracias. Muchos vagabundos, mal alimentados y con escasa ropa de abrigo, ya habían muerto de frío o estaban a punto de hacerlo, sin que los Gobiernos movieran un dedo por ellos. Se sobreentendía que aquel que rechazaba al Estado como órgano protector y no acataba sus normas tampoco esperaba nada de él, ni bueno ni malo, así que las brigadas de limpieza se limitaban a hacer desaparecer los cuerpos helados de las calles, por una cuestión de salubridad.

Una pequeña parte de la comunidad científica, desautorizada inmediatamente por todos los Gobiernos, venía alertando desde hacía meses: el clima estaba cambiando. Se aproximaba una nueva glaciación para la que la Humanidad no estaba preparada. Los casquetes polares irían avanzando a buen ritmo y el hielo cubriría en pocos años todo el planeta hasta más allá de los Trópicos. Aunque era prematuro aventurar fechas concretas, la imagen de la Tierra convertida en una gigantesca bola de nieve ya estaba en el subconsciente de todos los habitantes con acceso a un monitor. Sobra decir que para millones de jóvenes de todo el mundo que ni siquiera conocían el frío, se trataba simplemente de una imagen curiosa y aséptica.
Según los medios oficiales, muy influyentes sobre la opinión pública, no había que hacer caso a ese puñado de charlatanes y agoreros, cuyas predicciones eran completamente infundadas. Hacía años que se había dado por agotada la neurosis sobre un inminente calentamiento global del planeta de consecuencias catastróficas. Ya nadie reparaba en las zonas inundadas por la subida de nivel del mar a causa del deshielo de los polos, ni en las zonas desertizadas inhabitables, pues había habido una reestructuración de los núcleos poblacionales después de que estos fenómenos cambiaran ligeramente la fisonomía de la Tierra durante la primera mitad del siglo XXI.
Luego hubo unos años de calma, en los que el ser humano se concentró en olvidar y se prometió a sí mismo no volver a caer en el pánico y el alarmismo.
Rozando el siglo XXII, sin embargo, algo nuevo e inesperado estaba a punto de hacer tambalear los cimientos de estas nuevas sociedades.

La culpa había que buscarla en una conjunción de factores simultáneos. Por un lado, la actividad de Sol había disminuido bruscamente, más allá de los parámetros cíclicos de once años,  y los rayos cósmicos provinentes de toda la galaxia llegaban con fuerza sobre la Tierra, sin viento solar que los desviara. El resultado era la aparición de multitud de nubes, cada vez más, que ya no se iban y que impedían que el Sol calentara la atmósfera. Al mismo tiempo pero un poco antes de que el Sol se relajara, unos seres microscópicos, surgidos de la nada olvidada en el fondo de los océanos contaminados, empezaron a clonarse cada segundo, conquistando cada día más superficie marina. Los satélites ofrecieron imágenes inquietantes de unas manchas marrones diseminadas por los cinco océanos. Estos organismos tan fértiles eran fotosintetizadores (para vivir necesitaban producir la fotosíntesis). El resultado inmediato era que se liberaron grandes cantidades de oxígeno a la atmósfera, que a su vez oxidaban el metano allí presente. Y dentro del agua, el resultado no era mejor: la falta de oxígeno provocada por la descomposición de estos organismos cuando morían supuso la muerte de muchos peces y otros seres marinos.
La temperatura empezaba a descender. En cuestión de seis meses había bajado 1,5 grados de media y seguía descendiendo imparable. Otros factores inexplicables para los climatólogos, tan sólo intuibles en sus primeras fases, estaban teniendo lugar en la Vía Láctea y consecuentemente en la Tierra, pero ya no habría tiempo de analizarlos en profundidad.


El problema era grave, pero los Gobiernos ocultaban sistemáticamente esta información a la sociedad y se limitaban a alertar a la población de la llegada del invierno. Con los años los Gobiernos se habían vuelto entes paternalistas y controladores, intocables y poderosos hasta límites insospechados. "Democracia" era una palabra vacía y las elecciones septianuales, un paripé amañado con el resultado calculado de antemano. No importaba cómo se llamara el partido ganador, todos actuaban conforme a un mismo fin: el poder absoluto, y lo único que mutaba eran sus siglas.



Sin embargo, no todo el mundo estaba preocupado...
Canciones antiguas ya hablaban de diciembre como de un mes helado y en las Comunas Verdes, hogar de los parias de la sociedad y de los auto-excluidos, los Adoradores de Eki seguían cantando con entusiasmo y mucha ingenuidad canciones atávicas sobre el hombre y la naturaleza, haciendo caso omiso a las siniestras predicciones. Tres décadas de clima seco, soleado y de alguna manera, benigno habían apaciguado el espíritu de rebeldía originario y esos automarginados se jactaban de aceptar las cosas como venían y de adorar al Padre Sol y a la Madre Tierra. Les contaban a sus niños que papá Sol se había tomado un descanso después de largos años de intenso trabajo, se había ido de vacaciones y no había dejado dicho cuándo pensaba volver... Los Ekis vivían al día, sobre la marcha, creían en la fuerza de los espíritus unidos por el amor y la fraternidad... pero eso no les salvaba de necesitar urgentemente mantas y leña. Las primeras pulmonías afectaban sobretodo a niños y ancianos, todos sin vacunar, y los remedios naturales (menguados debido a la escasa biodiversidad y al parón en al transmisión de conocimiento de casi dos generaciones) se quedaban cortos ante las primeras muertes.

Hubo un tiempo, hacía unos  9.000 años, en que los humanos tuvieron que hacer frente a una glaciación parcial del Planeta. Emigraron al sur, cazaron animales y se vistieron con sus pieles, buscaron refugio en las cuevas, aprendieron a sobrevivir en las condiciones más adversas. Pero ahora ya nadie en el primer mundo, ya fuera Snooby o Eki, sabía lo que eso significaba.

Se avecinaban tiempos duros, de lucha por la supervivencia, y mientras el grueso de la Humanidad se dedicaba a mirar para otro lado como había hecho siempre, un invierno riguroso, vetusto, avanzaba en silencio asfixiando con su manto blanco. De alguna manera innata, tal vez conectados todavía a una memoria colectiva ancestral, los hombres y las mujeres sentían en su interior que algo no iba bien, que algo tremendo iba a suceder, aunque no sabían qué.
Por debajo del día a día, después del partido de rúgbol del domingo, durante las maratones de rol online que se llenaban de avatares todas las tardes hasta altas horas de la madrugada, mientras yacían como césares en sus camas consumiendo realitys amañados, los hombres y las mujeres del siglo XXII sentían un frío en su interior que no habían sentido nunca.
Se llamaba miedo.

También los animales, excepto los de cría y engorde confinados en las granjas y alimentados con hormonas y clembuteroles, se habían visto sorprendidos por el frío. Ardillas, tejones, erizos, ciervos, aves boscosas... toda la fauna de la mítica película Bambi de Walt Disney, la única a la que se le permitía vivir en estado de semilibertad en bosques diseñados por ordenador, acudían a su instinto atrofiado para encontrar guaridas en los árboles o bajo tierra. Muchas especies de mamíferos se habían extinguido con el cambio climático de principios de siglo, sobretodo depredadores, algunos con la ayuda interesada del poder, como los lobos y los osos, otros como causa directa del calor o la degradación de su hábitat... Tampoco quedaban ya abejas polinizadoras ni murciélagos; el planeta era un páramo con ridículos oasis verdes creados artificialmente. Las pocas especies existentes estaban encarceladas en los parques temáticos que recordaban lo que en su día fueron bosques. Allí, algunos animales reforzaban su pelaje y su plumaje como habían hecho regularmente sus antepasados hasta no hacía mucho tiempo, pero empezaba a escasear la comida. Las flores decorativas que se habían plantado en las zonas de picnic y centros de interpretación tenían ya las raíces congeladas y no iban a sobrevivir. Carteles de "Cerrado temporalmente" apenas se leían, tapados por la nieve en las garitas de entrada a estos parques temáticos, mientras que las cámaras colocadas en los puntos estratégicos para observar los animales estaban colmadas de nieve y estropeadas. A nadie parecía preocuparle lo más mínimo la suerte de estos animales.
Y más que eso: a nadie parecía preocuparle realmente la suerte de la Humanidad.


En las primeras horas del tercer día de la Gran Nevada, como ya se conocía en los medios, un hombre de mediana edad desayunaba en "Veccia Italia". La cafetería estaba abierta 24 horas, como todas las de la franquicia, y olía a desinfectante cítrico y un poco a café. Un androide modelo Garçonxs7, vestido con camisa blanca y chaleco verde a juego con la decoración del local, daba los buenos días en varios idiomas y se acercaba a la mesa a atender a los escasos y despeinados clientes. Entonces su tórax se encendía con los iconos del menú y el cliente elegía la consumición.
El hombre pulsó café americano y cruasán con mantequilla, o lo que fuera esa cosa que imitaba los verdaderos cruasanes franceses. A continuación posó para pagar el dedo índice de la mano derecha donde debería haber estado el ombligo del androide, en un gesto mecánico, pensando si no le habría resultado mejor llevarse alguna "Ruffus" de casa y desayunar por el camino... Más económico, seguro, pero le esperaba una jornada difícil y se estaba dando un último capricho. Cuando el robot se fue, el hombre se puso a observar con resignación el cielo oscuro por la hora temprana, del que sin embargo emanaba un resplandor blanquecino que no presagiaba nada bueno. Sentado al lado de la cristalera, la visión de los gordos copos de nieve cayendo con suavidad le trajo recuerdos de una película antigua que vio una vez de pequeño, donde unos niños hacían un muñeco de nieve y llenaban su casa unifamiliar de luces de colores y adornos navideños. La última vez que había visto nevar de verdad tenía 19 años y estaba todavía en la Academia. El estudio le absorbía de tal forma en esos años, las pruebas eran tan duras, que apenas si se dio cuenta de que nevaba. Ahora se arrepentía de no haber estado más despierto, de no haber disfrutado más de lo que le rodeaba... Fue una juventud perdida, como la de la gran mayoría de los jóvenes del país, y aún así podía considerarse una persona afortunada. O eso le habían dicho siempre, pues gozó de una estupenda educación. Sin embargo, hubiera cambiado su exclusivo colegio elitista por un hermano o una hermana con la que jugar, con la que pelearse, con quien compartir su solitaria infancia, en definitiva.
En 2056, dos años después de nacer él, se instauró la Ley del Único Hijo a nivel mundial, en una decisión de consenso internacional sin precedentes, pues la población humana había alcanzado cifras desorbitadas e insostenibles para el Planeta. No bastó con que dos décadas antes los virus HB1 y HB2 hubieran diezmado la población en todo el continente africano y parte de Asia. Los humanos se reproducían como ratones de campo en un establo con pienso para todo el invierno. Y sin embargo la Naturaleza tenía sus propias estrategias...

Tras el cristal empañado, los gordos copos de nieve desaparecían antes de llegar al suelo. El café entre las manos, el tintineo de las tazas, el murmullo de las voces asustadas... el hombre sintió el instinto básico de no moverse de la cafetería. Hubiera dado lo que fuera con tal de no tener que viajar hoy... tomarse el café con calma y volver al nido. ¿Cuándo fue la última vez que se tomó un día libre? Sin pensarlo mucho sacó el pastillero del bolsillo del pantalón y tragó una pequeña píldora rosa. Necesitaba estar bien para afrontar la jornada laboral. Al volver a cerrar la caja se dio cuenta de que apenas le quedaban media docena de píldoras y le invadió cierto desasosiego. Desde que había roto la relación con su progenitora, las happinks estaban totalmente fuera de su alcance. Sabía por terceros que circulaban imitaciones más económicas en el mercado negro, pero estaba seguro que a un Snooby como él le iban a timar. Así que ésta era de sus últimas tomas de felicidad vía oral.

No quería pensar mucho en el trabajo porque se ponía nervioso, pero últimamente las cosas en su empresa se estaban poniendo difíciles. Sólo contaban los resultados y si un empleado tenía problemas personales, de cualquier índole, como remarcó claramente su jefa en la última comunicación vía guep, no eran de su incumbencia.

La agenda era todavía más clara:


Lunes 23 de enero, visita al Hotel Mirador de los Tres Picos
Auditoría nivel 2 
Mandar informe viernes 27 de enero, 8 a.m.

Más le valía arrancar enseguida si quería cobrar el viernes. Pues no olvidaba la temible cláusula número 15 del contrato de arrendamiento de su cubículo: la empresa propietaria podía cambiar la contraseña de la puerta a las 24 horas de no recibir el alquiler semanal. Dos veces había tenido que dormir en el huevo; y no le pasaría una tercera.
Se puso la gabardina negra de neoretex, con el logotipo de su empresa en la solapa izquierda: un ángel con las alas abiertas. Se la dieron cuando entró a trabajar en Longlife, hacía ya 7 años, y recuerda que pensó que no la iba a usar nunca pero, mira por dónde, hoy se la ponía por primera vez. Le quedaba bien, opinó mientras miraba su reflejo en la cristalera; le daba un aspecto de persona seria y competente. Un último vistazo automático al dorso de la mano para ver la hora y ¡en marcha!

El parquin subterráneo estaba frío y olía a humedad. En menos de un segundo, las neuronas olfativas lo transportaron a la casa de pueblo donde de niño pasaba los veranos con sus abuelos. La antigua bodega, construida en el sótano, conservaba el frescor del invierno, las telarañas y el moho en sus paredes. Allí se encerraba el abuelo a tocar la guitarra casi todas las tardes, canciones llenas de rabia que hablaban de sueños, de lucha, de un no-futuro ya pasado... canciones de su grupo "indie" de juventud... Y aunque el abuelo Marcos era conocido por su mala leche, con su nieto se mostraba cariñoso y severo a partes iguales. El recuerdo le hizo sonreír. Pero el abuelo ya no estaba, ni la abuela, ni la casa de piedra, ni siquiera el pueblo en la montaña, arrasado por las nuevas vías de comunicación que trajo consigo "el futuro".
Las canciones del abuelo fueron apagándose al tiempo que un chirrido estridente se imponía: dos botas negras de neoretex, marcando el paso en un parquing subterráneo de la súpermetrópolis Gran Mad-1. Simultáneamente, en la Central de Longlife , Gran Mad-2, en el monitor nº 312-J, el punto de luz avanzaba despacio hacia su objetivo a la hora fijada. Una mujer con el pelo muy corto y el uniforme interno de Longlife asentía en silencio y tocaba delicadamente un teclado virtual. La imagen cambiaba al siguiente empleado, representado por una luz quieta en una intersección de calles de otra gran metrópolis azotada por el temporal.


El auto de la empresa tenía el mismo ángel holografiado muchas veces por toda la carrocería, y había otros cuantos autos iguales de compañeros repartidos por todo el parquin. El transporte privado estaba prohibido en la metrópolis, sólo se permitía circular a vehículos de empresa, comerciales y, por supuesto, de alto standing. Meterse en el auto, conocido popularmente como "el huevo" por su forma, era como entrar en un gran pedazo de queso enmohecido y congelado. Se maldijo por no haberse acordado de activar la calefacción remota cuando estaba en el bar: ¡el asiento estaba hecho de hielo! Hasta la voz del auto cuando pronunció los "¡Buenos días, don Elías!", que siempre le había hecho troncharse de la risa, sonó ligeramente congelada. Comprobó que llevaba todo, el portátil, el maletín con las muestras, los aparatos medidores, el láser, los cargadores... Dijo en voz alta el nombre del Hotel en el navegador y eligió la ruta más corta. Dijo "en marcha".
El huevito eléctrico arrancó con un leve zumbido y salió del parquin lentamente, como desperezándose. Luego el hombre dijo "música" y empezó a sonar una canción alegre, soleada, nada apropiada para el temporal que azotaba al pobre huevo. Le pareció que eran los Beach Boys. Quiso comprobarlo y miró la pantalla del navegador: efectivamente, era "Would'nt it be nice". Se sonrió satisfecho, orgulloso de su cultura musical.


BEACH BOYS Wouldn't it be nice

Poca gente sabía quién eran los Beach Boys, hoy en día. Por no saber, no sabían nada de la música que se hizo en el siglo veinte, con instrumentos de madera, grabaciones analógicas, conciertos multitudinarios en estadios... Ahora todo se hacía con simuladores, los grupos estaban creados a distancia y nunca llegaban a conocerse en persona ni a estrecharse la mano, no digamos ya a emborracharse después de un concierto o ensayar en un local dos veces por semana. La base de las canciones eran pistas pre-grabadas con programas que emulaban los instrumentos orgánicos y voces retocadas hasta perder la esencia original. En opinión de nuestro hombre, muchas veces se producía una mezcla de estilos al límite de lo soportable... Hacer música en el siglo XXII era ponerse a construir virtualmente un frankenstein barato, sobrecargado y nada original, de toda la música que se había hecho antes (como una macedonia hecha a base de muchas frutas diferentes, con todas las vitaminas y súper-enriquecida, pero con un sabor final espantoso). En conclusión: música sin alma.

Mientras el auto avanzaba por la décima avenida, grafiteada con garabatos de nieve, el aire se volvía denso y la luz, en vez de aportar claridad al día, espesaba el espacio entre edificio y edificio. Era como avanzar por dentro de una cuajada sacudida. A pesar de todo, los trenes urbanos seguían funcionando con las potentes luces encendidas, lombrices ciegas avanzando hacia ningún lugar, mientras la nieve seguía cayendo imparable.

Y es que la vida se empeñaba en seguir representando su papel de lunes, a pesar de que estaba claro que ése no era un lunes cualquiera, sino el primero de muchos lunes complicados. Nuestro héroe, ya bajo los efectos de la happink, recordó esa vez en que, recién licenciado, se coló por casualidad en el concierto de unos Ekis en la playa, cerca de la Comuna de Betaria (Distrito 3). Fue lo más cerca que estuvo de la verdadera música. Nada igualó aquella sensación de realidad y de magia a la vez, la certeza de estar conectado con el Universo, y sin ir colocado. Después de eso, en más de una ocasión había deseado repetir la experiencia. Pero era peligroso. Longlife le espiaba, estaba al tanto de sus movimientos, como por otro lado hacía con todos sus empleados, y mezclarse con los Ekis podía significar la expulsión directa de la empresa.

Las escobillas térmicas barrían las lunas en oblicuo, a ritmo de surf. Temperatura exterior: 0,5 grados. Sensación térmica: -5 grados. La nevada seguía siendo intensa, pero cientos de pequeños robots quitanieves en las ciudades y las máquinas en las autopistas hacían su trabajo con diligencia. El hombre dijo "noticias", a ver qué se cocía en el exterior y sonó una voz metálica que repasaba los índices bursátiles. A continuación empezaron las recomendaciones de MediaTrafic, que más parecían amenazas y tenían un tono de "te lo dije" muy irritante. Finalmente volvió a la emisora de música del principio y ahí se quedó. Estaba sonando ahora una de las canciones del abuelo... y nuestro hombre se adentró en un túnel que parecía hecho por miles de niños jugando a lo loco con tizas blancas, un túnel que llevaba muy lejos de Mad-1, muy lejos, "a cualquier otra parte... a cualquier otra parte". Puede que la vida no fuera en realidad más que un sueño, o el recuerdo de un sueño... o era que la pastillita rosa empezaba a hacer efecto.

DORIAN, A cualquier otra parte


Si no fuera porque dejando atrás "Colmena 30" y enfilando la CF-35 le entró la videollamada de Grettel, el hombre se habría dormido. Pero ahí estaba Grettel, en el archivo, hablándole mientras se movía arriba y abajo entre los pasillos con el carrito de los cartuchos de películas. Grettel trabajaba en la Filmoteca Confederal y, aunque cobraba lo justo para sobrevivir, era una privilegiada para los tiempos que corrían. Era una apasionada de las películas antiguas, sobretodo de las fantásticas y de ciencia ficción de finales del siglo XX.

- ¡Rod! ¿Hav-vijto cuánta nieve? ¡El Suburbano ejtaba fuli esta mañana! ¡No me digaj que tienej que coger el huevo hoy?
- Hola preciosa... Sí, aquí estoy. Me toca visita...
- ¡Ya puedes tener quer en la carretera!
- Tranquila, llevo el equipamiento de invierno y parece que está el camino despejado... -mintió Rod.
- Bueno... ¡Yo ejtoy drimando con la nieve! ¿Cuándo va a parar de nevar? ¡Antes de entrar a la Filmo he cogido un poco con la mano y me la he comido, jiji! ¿Tú la haj probado? Ej creisi! - gritó Grettel utlizando las expresiones que estaban en boga en ese momento entre los jóvenes.
- Sí, pero como siga nevando así, dentro de poco no se podrá salir a la calle.
- ¡Es tru!... Ve con quer, ¿oki?
- Descuida

Entonces Grettel se giró a la cámara y se acercó hasta que sus labios de un azul brillante rozaron el objetivo con un húmedo beso. Luego se separó y sonrió como una niña...

- Colmi cuando ejtés de vuelta
- Lo haré, preciosa
- Podríamos vernos un día de ejta semana...
- Me encantaría
- ¡Colmi!

Y cortó la conexión. En la cabeza de Rod quedó la carita traviesa y los moños de princesa Leya de Grettel, y en su cuerpo una leve excitación.

El huevito avanzaba despacio por la CF35. De vez en cuando tenía que esperar a que la máquina limpianieve se elevara del suelo para dejarle pasar, pero había muchas y mantenían la autopista más o menos despejada. Rod vio a través de los copos unos pájaros negros (¿cuervos?) que se alejaban en dirección sur, hacia la ciudad. El día se levantaba con esfuerzo y la luz empezaba a esparcerse por las llanuras blancas, donde la nieve se iba acumulando como un manto resplandeciente y helado.
La pastilla rosa había alcanzado su plenitud en el cuerpo y la mente de Rod, que se sentía relajado y animado a un tiempo. Grettel tenía la virtud inconsciente de hacerle sentir más joven, claro que era una chica de oro, tenía veinte años menos... Cuando quedaban para verse se dedicaban básicamente a practicar el sexo, cosa que, en una época donde las experiencias más auténticas solían suceder en el plano virtual, resultaba deliciosa y difícilmente superable. Para Rod era como agarrar un trozo de realidad y no soltarlo durante un rato. Y aunque el vacío que le dejaba Grettel cuando se iba era considerable, le compensaba con creces. Luego solía salir a correr por la urbanización donde vivía para sentir cómo latía con fuerza su corazón, para notar que estaba vivo un rato más.
Nunca había tenido pareja estable, siempre había ido de flor en flor, por decirlo con una expresión que usaría su abuelo si aún viviese, y es que el miedo a sentirse atado a alguien era muy fuerte. Había algo que no encajaba en él, pensaba Rod desde hacía muchos años. Su vida era una sucesión de días y noches sin mucho sentido. Sabía que a mucha gente de su generación e incluso más jóvenes que él les pasaba lo mismo, porque se mantenían en contacto a través de los gueps, charlaban, discutían, se peleaban, se reconciliaban e incluso solían tener cibersexo con bastante frecuencia. Pero Rod estaba etiquetado como "visitante", por su tendencia a desaparecer durante largas temporadas. Era un sentimiento generalizado: la vida consistía en ir empujando días, uno tras otro, que se iban convirtiendo en años, uno tras otro, hasta la extinción final. Durante el trayecto, tratar de pasarlo lo mejor posible y aplacar esas crisis de soledad cósmica como fuera (generalmente a golpe de farmacia). Uno no sabía cuándo había empezado a sentirse deprimido, en qué momento había dejado atrás la inocencia de la niñez y la vida se había convertido en un portátil gris con la agenda rellenada de antemano. Y que fueran muchos los que se sentían vacíos no consolaba a nadie.


Su propia madre le sugirió en una ocasión que si no le gustaba lo que tenía, ya sabía dónde podía ir. Se refería a los Centros de Liberación Confederales, un eufemismo para designar los centros patrocinados por la propia Confederación donde uno podía ingresar voluntariamente y, tras firmar unos simples formularios, accedía a que un enfermero (se podía elegir la raza y el sexo) le sirviera un cocktail letal mezclado con mucho tranquilizante. Lo que más le dolió a Rod fue el desprecio, el odio que vio en la mirada de su madre cuando lo dijo. Pero la relación con su madre nunca fue fácil, por no decir que nunca fue buena. Rod estaba convencido de que hoy día, en que había que pasar unos controles muy rigurosos para que el Estado te otorgara el Certificado de Idoneidad Maternal, él no habría nacido. El instinto maternal de su madre dejaba mucho que desear. Y a pesar de todo, la entendía y la quería, y tampoco tenía alternativa, ya que era lo único que tenía. Que tirara por la borda tantos años y dinero invertido en su formación, que enterrara su título de Doctor en Finanzas y Marqueting por la prestigiosa universidad de Pale... que ignorase todos sus contactos y enchufes para trabajar en Americans East Coast, donde a estas alturas tendría un puesto de responsabilidad y la vida resuelta... todo eso había resultado demasiado para su siempre ambiciosa madre. Rodrigo Elías de Bibar era, con cuarenta-y-dos años, un simple Auditor de Hoteles de la multinacional siempre en expansión Longlife, la del angelito, pero, sobretodo, un mal hijo que disfrutaba haciendo sufrir a su madre. La realidad es que nunca se vio en American East Coast, nunca entendió el alma de las finanzas y el dinero le dejaba indiferente... Pero tampoco fue nunca lo suficientemente valiente para dejarlo todo e irse a la Comuna, como habían hecho muchos. Ahora tal vez estaban muertos o enfermos, pero podían decir con orgullo que fue por voluntad propia. En cambio su voluntad nunca estaba cuando la necesitaba y si asomaba la cabeza alguna vez, era anestesiada por la química. Tenía razón Grettel: era un puto yonky de las happinks. Pero ni siquiera eso le quitaba el sueño. ¡Para eso eran las pastillas!
Sin embargo, algunas noches tumbado en su catre sin poder dormir, Rod intuía que aún tenía algo que decir en esta vida que no había elegido vivir. Él no era de ésos que queman rápido sus cartuchos, que con veinte años ya lo han hecho todo y dicho todo... A lo largo de su vida había conocido a un par o tres de tíos así, líderes natos ya desde la adolescencia, llenos de ideas y entusiasmo, convencidos de sus ideas y con la autoestima desbordada... Sin embargo a Rod siempre le había parecido que había algo falso en ellos, pues con veinte años uno no tiene ni puñetera idea de qué va la vida, ni de lo que le deparará. Todo mentira. Había días en que Rod tenía que pararse delante del espejo y pellizcarse para estar seguro de que lo que vivía era real, que él mismo era de carne y hueso, que respiraba, que pensaba, que seguía vivo... ya que todo le parecía falso, artificial, plastificado. Profundamente insulso y sin sentido. No, Rod no era ningún genio ni ningún iluminado, se limitaba a sobrevivir día tras día, que ya era mucho. Con los años sólo iba ganando en ironía, resignación y aislamiento...

Según el navegador, le quedaban aún ciento cuarenta minutos de travesía hasta el Hotel... El paisaje, lo poco que la tormenta de nieve dejaba ver, se iba volviendo monótono: campos y campos y más campos de monocultivos de "Trisoja". La Trisoja era la variedad transgénica que había acabado imponiéndose en todo el Planeta por su alto rendimiento, bajo espectro de infestación, rápido crecimiento sin apenas necesidad de agua y altísimo valor nutritivo. Desde hacía décadas era la base de la alimentación mundial y con ella se hacían una amplia variedad de productos de quinta gama, entre los que destacaban especialmente las llamadas "Ruffus". Se trataba de unos cilindros tamaño bolsillo con los que su inventor, Angelus Wiener-Ruffus había conseguido juntar todos los nutrientes necesarios para un adulto/día, sin fecha de caducidad y con los sabores más apetecibles para el paladar humano. Las "Ruffus" estaban pensadas para acabar, ellas solitas, con la lacra de la obesidad en el primer mundo y con la vergüenza del hambre en el tercero. Y durante la década de los setenta consiguieron grandes resultados en esos campos... Sin embargo, el invento tenía un fallo: saciaba las ganas de comer, cubría la necesidad de nutrirse, pero no tenía respuesta para la gula. Y la gula, junto con la lujuria y la avaricia, seguían guiando en gran medida el comportamiento del ser humano. No pocos fueron los que acabaron haciéndose adictos a las "Ruffus", con lo que resultaron estar sobrealimentados y, en consecuencia, acabaron sufriendo sobrepeso.
Así fue como, después del boom inicial de las "Ruffus", en que las previsiones en cuanto a ventas se quedaron cortísimas y muchas empresas se subieron al carro de su fabricación, las "Ruffus" habían caído en el desprestigio de los productos no exclusivos y dejaron de competir con otros alimentos elitistas. Su bajo precio las hacía aptas para ser consumidas por las clases menos favorecidas de los países ricos y por las clases altas de los países pobres. Al poco dejaron de distribuirse entre los más necesitados con alguna excusa barata que no importó a nadie y pasó desapercibida... Y a pesar de todo, las ganancias seguían siendo millonarias. Todo el mundo consumía "Ruffus" en algún momento, y eso equivalía a decir millones de cilindros de Trisoja.

Los tractores parados cada dos o tres hectáreas y cubiertos de nieve parecían gigantes que se hubieran quedado dormidos en mitad de una guardia. La nieve seguía cayendo, ahora con más fuerza y la carretera había empezado a subir, pronta a adentrarse en los túneles de Organa. Pasados los túneles estaba el magnífico valle de los Tres Picos, presidido por el majestuoso edificio del Hotel con el mismo nombre. Lo de Hotel era otro eufemismo para referirse a las residencias de la tercera edad, de las que Longlife se ocupaba principalmente. En los últimos años se habían construido una treintena de residencias Longlife más en toda la Confederación, siete en el Distrito 4, y es que la demanda no paraba de crecer y tampoco descendía la esperanza de vida.
Sin embargo, desde que el Gobierno Confederal legalizó la eutanasia en 2066, estos centros apenas contaban con grandes dependientes. La mayoría de sus clientes eran viudos o viudas adinerados que se veían ya poco capacitados para llevar una casa y huían de la soledad de sus vidas. Longlife les proporcionaba todas las comodidades de un hotel, con servicio médico y legal incluido, en un ambiente de club privado, con instalaciones de semi-lujo, todo muy Snooby. También les cobraba lo que no está escrito, pero esa clase de clientes solían estar forrados.
Rod repasó mentalmente lo que tenía que hacer en cuanto llegara a su destino, una serie de tareas encaminadas a controlar que se cumplieran los niveles de exigencia de un hotel de lujo, más aquellos requerimientos específicos de la normativa confederal para centros geriátricos. Eso implicaba un análisis minucioso del funcionamiento de todos los aspectos del hotel, desde la limpieza y el servicio de cocina, hasta la enfermería, el gimnasio, la zona de recreo, las habitaciones... Tenía para rato.
La última vez que estuvo en el Mirador de los Tres Picos, creía recordar que una camarera de pisos le echó los trastos... La mujer, sin ser demasiado joven, era guapa y parecía despierta, pero no se la habría llevado a casa ni loco. Se notaba a la legua que lo que quería era pillar a un Snooby y procurarse así un ascenso social. Rod sabía cómo iban estas cosas: luego no habría forma de deshacerse de ella y no le apetecía tener que mantener a nadie, bastante tenía consigo mismo.
La mayoría de trabajadoras de los hoteles de Longlife eran chinas, concretamente de una región del sud-este que había sufrido hacía unos años unas inundaciones tremendas. Longlife "contrató" a cientos de mujeres supervivientes de entre 18 y 30 años, con la promesa de un futuro mejor, o con la promesa de un futuro a secas, y las puso a trabajar en sus instalaciones, previo curso de formación y bases del idioma. Sin embargo entre ellas seguían hablando en chino.
La jugada le había salido bien a la empresa, ya que en general eran mujeres sumisas y trabajadoras, pero se estaban haciendo mayores. Las que empezaron a trabajar con treinta años, rondaban ahora los sesenta y las más jóvenes tenían ya casi cincuenta. Como no se habían mezclado con los oriundos ni se habían emparejado, tampoco habían tenido hijos, y su vida útil, en cuanto al desempeño de su trabajo se refería, empezaba a ser corta. En el momento en que la salud o los años ya no les permitieran trabajar, estas mujeres pasarían a engrosar las filas de indigentes que sobrevivían a duras penas en los guetos de muchas ciudades. La Confederación se desentendería de ellas como por otro lado había hecho desde el principio y mentiría a la opinión pública aduciendo que estas extranjeras en ningún momento habían querido integrarse en la sociedad (¿integrarse? ¿sociedad?, palabras vacías para otra mentira más, pensaba Rod). La opinión pública, por su lado, estaría dispuesta a creerse lo que fuera con tal de no perder sus privilegios como nativos y sobretodo su ración semanal de rúgbol y realitys cada vez más extremos (el último en la ICCSS-15, Estación Coca-cola Espacial Internacional 15).
Muy pocas de estas mujeres llegarían por su pie a las Comunas Verdes, pues para ello primero haría falta saber que existen y segundo, disponer de los medios para llegar a ellas, cuando la mayoría se encontraba en zonas montañosas de difícil acceso.
El plan B de la empresa, por otro lado, estaba listo para ser ejecutado en cuanto se diera la orden: reclutar más chicas jóvenes de China o de cualquier otra parte del planeta donde la gente se estuviera muriendo de hambre. No era difícil. Todas las empresas lo hacían y en muchas zonas del mundo pasaban penalidades. Los países ricos necesitaban mano de obra que atendiera a la envejecida población autóctona, así que a los que llegaban por su propio pie se les llamaba Buscas, un término que incluía grandes dosis de desprecio y discriminación y a los que llegaban contratados, Búhos, porque pasaba mucho tiempo hasta que cerraban los ojos ante lo que veían. Buscas y Búhos compartían el desprecio de los Snoobys y su uso y abuso. Sin embargo, en pleno siglo XXII nadie cuestionaba la existencia de clases sociales, parecía ser algo lógico e inmutable. A los niños que nacían de madres nativas se les preparaba para dirigir las empresas locales y trabajar de gestores para el Gobierno, nunca para el sector servicios, ni para el campo ni siquiera para la industria. Para eso estaban las máquinas y donde éstas no llegaban, los extranjeros, más acostumbrados a sufrir y con menos pretensiones, que equivale a decir, ninguna.
Y si el sistema no te convencía, siempre podías unirte a los Ekis, como habían hecho muchos hacía décadas y otros tantos que cada año lo dejaban todo para ingresar en las Comunas Verdes. Podía ser una buena opción siempre que no te importara retroceder en el tiempo un par o tres de siglos.

- Elije bien -recuerda que le dijo su madre en una ocasión, con algún motivo ahora olvidado...

¡Como si fuera fácil! El propio acto de tener que elegir implicaba el riesgo de hacerlo y equivocarse.
Pues bien, Rod nunca estaba seguro de haber elegido bien. Y su madre estaba convencida de que había elegido francamente mal. Tampoco es que importara demasiado estas alturas, pensó Rod, tumbado en el asiento ahora calentito del huevo, observando la blanda cortina de nieve caer y caer a su alrededor. Ahora mismo se sentía protegido e indiferente a todo lo que ocurría en el exterior como una cría de canguro en la bolsa. Pero sabía que las pastillas rosas tenían mucho que ver en esa forma de encarar la vida como si nada importara gran cosa. ¿Qué pasaría cuando no hubiera ninguna happink a la que echar mano en la cajita?¿Cómo sobrellevaría entonces el irremediable y profundo vacío existencial? No podía pensar en eso ahora. Estaba entrando en el túnel.
Y esto era lo que sonaba por los altavoces del coche:


DORIAN, El futuro no es de nadie



El huevito estacionó cerca de la entrada principal, donde una máquina trabajaba sin descanso para mantener despejado el suelo. Aquí la nieve alcanzaba ya casi el metro de altura y se formaban cúmulos de hasta dos y tres metros con el sobrante que expulsaba la máquina al limpiar el solar. De seguir a este ritmo, la explanada de entrada al hotel acabaría pareciendo el corte transversal de un termitero, con galerías de nieve helada en todas direcciones. Rod se apeó del huevo con dificultad y salió al exterior. El frío le contrajo todos los músculos de golpe: ¡maldito trabajo!
Apenas veía nada con la ventisca de nieve que le azotaba el rostro y se resbaló subiendo los peldaños helados de la escalinata de entrada. Sintió un dolor agudo en la rodilla que le hizo jurar entre dientes, pero no era cuestión de quedarse parado en medio del temporal, así que siguió renqueando hasta el portal. Se quitó un guante e introdujo el dedo en la caja para la identificación. La lucecita cambió a verde y acto seguido una puerta anexa al portón principal se abrió a medias para dejarle pasar, cerrándose rápidamente a su espalda.

Dentro el calor se expandió por su interior como un líquido inflamable...
El vestíbulo estaba vacío. Rod buscó con la mirada el mostrador de recepción para identificarse pero un pequeño androide XXs le cortó el paso, salido de la nada.

- Señor Elías de Bibar bienvenido. Enseguida le recibirá la señorita Pérez. Espere en esta sala.

Se quitó la gabardina y se sentó en un sillón de terciopelo marrón. Estaba empezando a sudar. Un tenue olor a cloro y a jazmín flotaba dentro de la estancia. Sonaba una música de fondo, a un volumen mínimo, que Rod identificó complacido como una suite de Bach. Al minuto el androide volvió con una especie de patucos grises de toalla para que se cambiara las botas mojadas. Quedaba ridículo con ellos, pero eran cómodos y sobretodo, no andaban ensuciando el encerado con nieve derretida. Sus botas desaparecieron junto con la gabardina y el androide. Rod quedó sentado en el sillón, con el corazón ya más relajado.
De repente, una voz grave que quería sonar dulce exclamó a su espalda:

- ¡Señor Elías! Le estábamos esperando...

Ahí estaba miss Pérez, exactamente igual como la recordaba de la última vez. Rod se incorporó de un salto a pesar de la rodilla, mientras se preguntaba si la señorita Pérez no sería en realidad un robot de última generación. Aunque en ese caso, podrían haberla hecho más joven y con un rostro más agradable, pensó también.

- ¡Señorita Pérez! Un placer estar aquí de nuevo

Su sonrisa tenía mucho de sincera, pues dadas las circunstancias, haber llegado hasta allí era un logro y un verdadero placer estar a resguardo de la tormenta. Ambos inclinaron la cabeza y el torso a la vez, ejecutando el saludo de origen japonés que se había acabado imponiendo hacía décadas sobre los antihigiénicos y denostados beso en la mejilla y apretón de manos.

-¿Cómo ha ido el viaje? -quiso saber la señorita Pérez, mientras ladeaba la cabeza y abría mucho los ojos como si estuviera profundamente interesada en escuchar la respuesta.

- Bien... supongo. Las máquinas hacen su trabajo y todavía se puede circular, aunque muy despacio y no sé por cuánto tiempo... Como siga nevando así...

- ¿Mucha nieve en Mad-1?
- No tanta como aquí... pero bastante, sí.
- Bien, imagino que querrá empezar cuanto antes y así también terminar cuanto antes, ¿no?
Rod esbozó una sonrisa... ¡Esa era la señorita Pérez que recordaba!.
- Sígame.

Mientras la seguía, no pudo evitar fijarse en las piernas torcidas de jockey de la señorita Pérez, algo raquíticas, y en lo que debería haber sido su culo y que no era sino la continuación de las flacas piernas hasta la base de la espalda. Ligeramente encorvada y siempre de riguroso negro, los únicos elementos que hacían destacar su persona eran el pelo morado rizado y corto y el collar de perlas a juego con los pendientes.
De espaldas parecía tan vieja como los usuarios del hotel, aunque se movía mucho más rápido. Por supuesto, esta impresión era sólo al mirarla de espaldas, porque cuando se daba la vuelta, sus ojos violeta refulgían como los de un lobo en mitad de la noche.
Nadie sabía a ciencia cierta cuántos años tenía... Rod se la imaginó encima de un escenario. Tres elementos: un piano, unas tablas de madera y la señorita Pérez... como un frágil gorrión que se hubiera tragado a un ruiseñor, jurando que no se arrepentía absolutamente de nada. A veces a Rod le venían flashes a la cabeza que no sabía muy bien de dónde provenían, pero que él achacaba a las interminables tardes de estudio encerrado en su cuarto de la Academia, donde se dedicaba a visionar filmaciones de conciertos del pasado y a instruirse en la historia de la música. Eso le mantuvo vivo, de lo contrario puede que no hubiera llegado a los veinticinco. Cuando no podía más, apartaba a un lado las malditas finanzas, y se dejaba llevar por esa música del pasado. Algunos artistas, hombres y mujeres, tenían el poder de hacerle volar hasta que los apuntes no eran sino un punto diminuto en el espacio que acababa desapareciendo. En esa época empezó a tomar antidepresivos. Todos los que pudo, legales e ilegales. Le mantenían en una nebulosa perpetua por encima de todas las cosas. Así le pasaron también por debajo todas las cosas que se supone que tiene que experimentar un joven a esa edad, pero consiguió sobrevivir, que no era poco -el índice de suicidios en su triste Academia era el más alto de la Confederación-. Y le quedó un amor incondicional por la música y una fe ciega en su poder de curación.

Para llegar al despacho de la señorita Pérez tuvieron que cruzar el amplio vestíbulo, donde unos robots limpiaban las escalinatas y sacaban brillo al suelo. Hasta el momento, ni rastro de los huéspedes. El hotel era una réplica bastante fidedigna de un antiguo balneario, construido en el siglo XIX por un médico alemán en este mismo sitio, y conservaba todo el encanto de los edificios modernistas, pero con los materiales y los avances en bioconstrucción del siglo XXI. Una vidriera representando una escena de termas romanas iluminaba por detrás el despacho de la señorita Pérez, aunque ahora no brillaba el sol precisamente. El ordenador presidía la mesa blanca, impoluta, desde donde la señorita Pérez gobernaba como un pantocrator minimalista la Residencia. No se le escapaba detalle, estaba todo monitorizado y sensorizado.
Rod tomó asiento y desplegó su portátil con el orden del día, que trasladó al ordenador de miss Pérez. Estuvieron unos diez minutos comentando algunas incidencias técnicas al efecto y acto seguido la señorita Pérez se levantó, le indicó el número de la habitación que le había sido asignada y se excusó, pues tenía que ir a comprobar cómo se estaba desenvolviendo el torneo de mus de los lunes. ¿Torneo de mus? se extrañó Rod, ¡pensaba que era algo del pasado...! Algunas cosas nunca cambian, le guiñó el ojo violeta miss Pérez, en el mejor momento del día.
Rod recogió su ordenador con una sonrisa y se dispuso a empezar cuanto antes con la auditoría. Si podía dejar atado todo hoy, su intención era pasar la noche y marcharse el día siguiente a primera hora. Las cosas se estaban poniendo muy feas ahí fuera.

Empezó con la enfermería, que le quedaba al lado y a esas horas estaba tranquila. Ahí una enfermera de unos cincuenta años, con pocas arrugas y muchas ganas de hablar le estuvo enseñando las cámaras, las reservas de antibióticos, analgésicos, antihistamínicos, expectorantes, laxantes... todo el arsenal de medicamentos que administraban a los huéspedes diariamente con generosidad. Rod no pudo evitar fijarse en el pequeño contenedor de happinks de uno de los armarios. Todo correcto, todo en orden. Pero la mujer estaba algo tensa y por fin se decidió a hacerle a Rod la pregunta que le rondaba por la cabeza y la tenía en vilo:

- ¿Usted no sabrá cuándo nos van a traer el resto, verdad?
- ¿El resto?
- Me refiero a los medicamentos que hemos pedido y que todavía no han llegado...
- ¿Se refiere a si va a llegar el reparto pronto?
La enfermera le miraba con esperanza.
- Sinceramente, no sé qué decirle. La nieve está haciendo difícil el transporte por carretera y ya no digamos por aire. Yo he llegado de Mad-1 hace un rato y me ha costado bastante. Esperemos que en algún momento deje de nevar y volvamos a la normalidad  -intentó tranquilizarla Rod con una sonrisa piadosa.
Se despidieron a lo japonés.

La siguiente parada era el gimnasio. Una inmensa cúpula de metacrilato cubría los cerca de 200 metros cuadrados que se repartían entre la zona de máquinas, las salas de fitness, la piscina y el yacuzzi comunitario, donde se concentraban la mayoría de residentes. Olía a cloro hasta marear y hacía un calor exagerado. Todo acristalado, la sensación de estar nadando en medio de un paisaje nevado mientras la nieve seguía cayendo encima le dejaba a uno sin respiración. Sin embargo, la cima de la cúpula estaba ya completamente tapada por la nieve, y cuánto peso podría aguantar el metacrilato de última generación con la que estaba construida es algo que pronto tendría respuesta. Por si acaso Rod se apresuró a tomar los datos que necesitaba, intentando no mirar mucho al exterior.
Mientras trabajaba, algunos abuelos embutidos en trajes de neopreno fino que se adaptaban al cuerpo como una segunda piel, hacían largos arriba y abajo de la piscina, cual renacuajos de colores. Nadaban al ralentí, sin prisa alguna, y cuando llegaban al final de la piscina, tocaban delicadamente la pared y se daban la vuelta... Rod tuvo un pensamiento algo turbador: ¿y si la vida no fuera más que eso, un ir y venir constante dentro de una caja estanca llena de un fluido templado y clorado, sin solución de continuidad?
No sabía por qué le asaltaban esos pensamientos tan poco constructivos... sólo sabía que no tenía ninguna intención de llegar a viejo. Sobretodo porque no podría costearse una jubilación Longlife.
Una decena de robots-delfín buceaban por toda la piscina con los sensores activados para actuar en caso de necesidad. Rod tuvo que comprobarlos uno a uno, con la ayuda de una empleada, que se lanzaba al agua y hacía como que se ahogaba hasta que era rescatada por un delfín tras otro, por orden de numeración, y eso les llevó un buen rato. Sólo uno de los robots dio un fallo -casi ahoga a la empleada en su empeño por salvarla-, y Rod tuvo que retirarlo.
En su portátil dictó: "Delfínzz7 se ha pasado al lado oscuro. Precedemos a su desactivación a las 10:40h". Luego ya redactaría el informe como procedía.
La empleada, de nombre María (no, de verdad, cuál es tu nombre, dímelo, anda ¿Hao Kan? mucho más bonito ¿significa algo?) acabó bastante cansada. Rod la quiso invitar a un café o a algo, pero ella se negó educadamente. Antes de irse, Rod sacó dos Ruffus de la máquina expendedora y se los pasó discretamente a Hao Kan mientras hacían la reverencia. Ahí se dio cuenta de que la mujer estaba realmente flaca, los huesos de la cadera se le marcaban debajo del traje amarillo fosforito como los manillares de una bici de carreras, pero tenía una sonrisa preciosa, franca y auténtica. Rod hacía mucho tiempo que no veía una sonrisa así. Desde luego merecía algo mejor que morir aplastada por toneladas de nieve mezcladas con trozos punzantes de metacrilato...

La mañana pasó entre comprobaciones de los robots de cocina, análisis químicos de los platos preparados y muestras de superficie. Para cuando terminó con la cocina, ya era la una del mediodía, y la nieve no había dejado de caer. Decidió darse un respiro y fue al Salón del Reloj, llamado así por el gran reloj de agujas que colgaba del centro de la estancia, parecido al de las antiguas estaciones de tren. El torneo de mus había acabado hacía rato pero en el aire flotaba todavía un cierto olor a adrenalina y a manos sudadas. Los residentes estaban sentados en corrillos, tomando un aperitivo y charlando animadamente o deambulando entre las mesas absortos en sus pensamientos. Una decena de robots camareros y pequeños discos aspiradores iban y venían atendiendo a los huéspedes o limpiando los rincones. Las cuidadoras, de amarillo chillón, destacaban entre los residentes, aunque se movían igual de despacio. La música sonaba a un volumen más fuerte que en el resto del hotel, un trío de jazz con vibráfono no identificado. Música de casino, pensó Rod, mientras se dejaba preparar un cóctail de nombre "Vesubio", que llevaba vodka, ron negro, zumo de naranja e hibiscus (eso decía al menos su publicidad, aunque se trataba de sucedáneos químicos creados en el laboratorio). Se sentó en una de las butacas reclinables y cerró los ojos mientras saboreaba el exquisito y carísimo refresco, que bajaba suave como la seda por la garganta. Se merecía un descanso... El alcohol enseguida le devolvió el ánimo y le dio hambre. Desde el cruasán de la mañana en Mad-1, no había comido nada, así que fue a la máquina y seleccionó una especie de mini-pizza de carne picante y unos palitos con sabor a queso. Lo devoró todo en menos de un minuto y volvió a pedir lo mismo, todavía insatisfecho.
El reloj del salón marcaba la una y cuarenta minutos cuando hubo dado cuenta de la segunda vuelta de comida. Se puso en pie con pereza y se acercó a uno de los ventanales que daban a la magnífica terraza, ahora cerrada por precaución. Quería ver si... sí, seguía nevando con intensidad. Era difícil hacerse una idea de la escala real del valle y de las montañas que lo circundaban, ya que el paisaje había quedado reducido a una nebulosa blanca de profundidad indescifrable, con el mismo tono para el suelo que para el cielo. El hotel podía estar ahora mismo flotando en el espacio como la nave Enterprise y nadie se daría cuenta. Rod volvió a sentir ese retortijón en el estómago que ahora por fin identificó como miedo. En una esquina del amplio salón, imágenes del noticiario proyectadas en la pared mostraban distintos puntos de la geografía confederal apenas discernibles bajo la tormenta de nieve. La pantalla sin contorno se fundía con la pared del salón y daba la impresión de que la tormenta estaba dentro del hotel a la vez que fuera. Era raro. E inquietante.
Rod se acordó del huevito y pensó que el pobre ya debía estar enterrado bajo medio metro de nieve por lo menos... Le entraron ganas de ir al baño. En la puerta de los aseos se topó con una silla de ruedas y un señor con batín, ayudado por dos empleadas prácticamente idénticas. Una de ellas cruzó su mirada con la de Rod un micro-segundo, una mirada con absolutamente nada dentro y Rod sintió un escalofrío primitivo en el córtex cerebral.

Mientras meaba se ocupó de pensar en su futuro más inmediato. ¿Qué hacer si seguía nevando de esa manera? ¿Cómo salir de allí? De repente, cuando la última gota de orina se desprendía y caía como a cámara lenta al fondo verdiazul del inodoro metalizado, Rod tuvo una serie de revelaciones consecutivas:

1- esta auditoría era una absoluta pérdida de tiempo

2- nadie iba a revisar los datos que tan minuciosamente se estaba esforzando en recopilar.

3- ni siquiera llegaría a redactar el informe y mucho menos a enviarlo...

4- todas las miradas, ahora ya sí -o igual hacía horas, en realidad- estaban puestas en el cielo

5- al mundo ya sólo le importaba el cielo y lo que caía de él.


Tal vez fuera el vodka, tal vez el ron, tal vez los palitos de queso, pero de repente lo veía claro como el agua: el mundo colapsaba ahí fuera.
El mundo colapsaba y él se dedicaba a recopilar datos sobre un hotel de lujo perdido en las montañas, rodeado de vejestorios, de chinas zombies y de toneladas de nieve. Y todos, sin excepción, se dedicaban a consumir, absolutos ignorantes de la escalofriante realidad, las últimas reservas de comida, bebida, medicamentos, calefacción y electricidad de que dispondría ya jamás el hotel.
Mirándolo así, su informe técnico de calidad con garantía Longlife parecía un chiste de mal gusto.
Era cuestión de horas que las centrales nucleares de la Confederación dejaran de funcionar o sufrieran averías a causa de la fuerza de la tormenta y la acumulación de nieve. Y el apagón les iba a pillar en bata, durmiendo o tomando una ducha... Las baterías de los robots que hacían todas las funciones del hotel tenían una autonomía de entre veinte y cuarenta días sin recargar, dependiendo del modelo, y los dos refugios subterráneos con que contaba el edificio (Rod lo sabía porque también le tocaba controlar que estuviesen en condiciones), estaban pensados para albergar a un máximo de veinte personas cada uno durante un máximo de 15 días.

La realidad golpeó a Rod en toda la sien y le hizo sentarse en el único sitio disponible, la taza del inodoro, obligado por una flojera en las piernas y un repentino vértigo. Se sintió desfallecer por segundos, y mientras toda su vida se venía abajo, no supo si si reír o llorar, pues acababa de verse los pies, calzados con los estúpidos patucos grises.

¡Qué lejos estaba de todo! ¡Qué solo! Puede que ya no volviera a ver a su madre, ni a Grettel, ni a ... bueno, no era una lista muy larga, a decir verdad, pero era más que lo que tenían muchos... y necesitaba una happink urgentemente. Por suerte siempre llevaba el pastillero encima., se tomó dos de golpe y cerró los ojos.
Su guep emitió entonces una vibración característica colocado en su muñeca. ¡Era su jefa!
- ¡Elías!
Su cara de bulldog enfadado ladraba aun antes de abrir la boca.
- ¡Elías, ¿está usted ahí?!
Casi se le atragantan las happink a medio esófago.
- ¿Cómo van las cosas por ahí?
Todavía no era capaz de articular palabra.
- ¿Señor Elías?
- Sí, hola! Aquí estoy
- ¿Se encuentra bien? ¿Cómo van las cosas? ¿Está usted trabajando en el Hotel?
- Sí, sí, eso es. Tengo la auditoría medio terminada ya...
- ¿Y qué pasa con la nieve? ¿Sigue nevando por allí?
- Con ganas, sí
Aquí siguió una silencio de varios segundos durante el cual cada interlocutor valoró las consecuencias de este "con ganas".
- Bien, sólo quería asegurarme de que había llegado a su destino... y de que estaba usted bien.
- Se lo agradezco, gracias, estoy bien. Aunque...
- ¿Sí?
- Sinceramente no sé si voy a poder salir de aquí
- Bueno... esto tendrá que parar en algún momento, ¿no? Tómese el tiempo que necesite. Longlife pagará su estancia en el hotel hasta que pueda volver a su casa.
- Eso es muy de agradecer
- Por lo menos está usted bajo techo...
- ¡Tiene razón! Podía ser peor...
- ¡No lo sabe usted bien! Mi hijo salió hace tres días hacia el Distrito 12 y no sé nada de él... -soltó la mujer, de repente más que angustiada.
Rod no sabía que su jefa tenía un hijo. Ni que tenía sentimientos, de hecho. Esa voz quebrada por el llanto incipiente le sorprendió y le dejó confuso, pues era la primera vez que la oía. Ahora entendía la llamada... era una llamada de madre preocupada.
- Bueno, tranquila, seguro que se encuentra bien y en cuanto pueda la llamará. Con esta nevada las comunicaciones dan fallos y a veces cuesta conectarse... pero esté usted tranquila, que esto tiene que terminar en algún momento...
Palabras bienintencionadas que ninguno de los dos se tragó. El bulldog se había transformado en un chucho apaleado. Rod se apresuró a cortar la comunicación. Ahora mismo sentir lástima por alguien era lo último que necesitaba.
La llamada le hizo pensar en su madre. ¿Estarían bien? No podía ponerse en contacto con ella, así quedó establecido en el contrato que firmaron de mutuo acuerdo, aunque lo redactó su madre unilateralmente. Pero ella sí podía localizarle si quería... que no era el caso, de momento.



 *    *    *



Mientras Rodrigo Elías de Bibar recorría las baldosas enceradas del Hotel Mirador de los Tres Picos en el Distrito 4, Confederación Pirineos-Sur en busca de miss Pérez, con la esperanza de encontrar algún consuelo a su desconsuelo...

desde la ICCSS (Estación Coca-Cola Espacial Internacional), el grupo de concursantes del reality de moda "Judas's Odissey", miraba con estupor desde las ventanillas del módulo 3 el trozo de esfera terrestre iluminado por los rayos del sol. Lo que se veía era una esfera completamente blanca, envuelta en nubes grumosas, como una bola de helado de nata. Después de más de 60 días en la estación, los once concursantes padecían muchos males a la vez: estreñimiento, abulia, ansiedad, insomnio... y dedicaban las horas muertas a autocompadecerse y a seguir a escondidas las noticias de lo que acontecía en la Tierra a través del satélite de comunicaciones. Para su desesperación, el contrato que habían firmado les prohibía contactar con sus familias y no tenían ni idea de cómo se encontraban. Pero lo peor de todo era que desde la dirección del programa les exigían que siguieran haciendo vida "normal", pues el programa seguía emitiéndose en prime-time. ¡Vida normal! ¡No había nada normal en esa nueva realidad blanca del planeta azul! Querían rebelarse, organizar una revuelta, una huelga de hambre... algo, pero no tenían fuerzas para ello. Y cuando te encuentras a 400 km de distancia de la corteza terrestre, es difícil que alguien se tome en serio tus quejas. Desde la dirección llegaron a amenazarles con dejarles colgados en el espacio exterior, dando vueltas eternamente como un trozo más de basura espacial, si no seguían con el guión pactado del programa. Debían fingir que todo iba bien y seguir flirteando entre ellos, cuchicheando, tirándose los platos a la cabeza y despotricando unos de otros. De eso iba la aventura espacial y algunos inversores terrícolas se estaban llevando mucho dinero con ella. Al parecer querían morir con los bolsillos llenos, como si el dinero virtual les fuera a resguardar del frío extremo que venía...


Siete días después y 112 vueltas enteras de la ECCSI alrededor del planeta Tierra después, Rod había abandonado toda esperanza de salir del Hotel Mirador de los Tres Picos por su pie. La nieve casi había alcanzado los cuatro metros de altura y había sepultado prácticamente toda la planta baja del edificio. El gimnasio estaba cerrado por precaución, así como las estancias que se encontraban bajo la terraza de verano de la cara sur. El hotel iba tomando la forma de un iglú gigantesco, y nada entraba ni salía de él. Las conexiones habían empezado a fallar. Ya estaban totalmente incomunicados con el exterior. Y la nieve seguía cayendo imparable. Ya nadie pensaba que era algo mágico, sino una trampa mortal, y estaban en distintas fases de asimilación. En el hotel, la Dirección había tomado la iniciativa de reducir el consumo energético para intentar alargar al máximo las reservas, y muchos salones estaban a oscuras y algunas instalaciones secundarias, inutilizadas. Algunos residentes exigían explicaciones y, cuando las conseguían, reaccionaban de las formas más diversas: algunos se encolerizaban, otros se resignaban y se lo tomaban con filosofía, otros simplemente se quedaban callados o se encomendaban a sus dioses, y incluso algunos se emborrachaban.
Rod se juntó a este último grupo. Si había que morir congelados, por lo menos intentaría no enterarse mucho, no ser muy consciente de lo que estaba pasando. Cuando siete días atrás se dio cuenta de que nunca iba a salir de allí con vida, le había entrado tal ataque de pánico que se tragó de una vez todas las happinks que le quedaban, dispuesto a morir de sobredosis rosa. Eso le provocó una diarrea brutal que le obligó a pasar todo el día en la habitación, del baño a la cama y de la cama al baño, pero no murió, como habría deseado y tampoco nadie le echó de menos, nadie le reclamó en todo el día. Devastado física y anímicamente, en cuanto pudo sostenerse en pie quiso contactar con Grettel, con su jefa, con alguien... pues necesitaba una voz amiga que le consolara, pero ya se había perdido toda conexión con el exterior.
Sólo había ese muro blanco.
Sólo esa pesada cortina que asfixiaba el alma.

Los abuelos, como cerrando por fin un pacto planteado mucho tiempo atrás, habían ido apareciendo uno detrás de otro en silencio en la sala del reloj. Se habían sentado formando un gran círculo, codo con codo, y con las velas encendidas, habían empezado a entonar viejos cánticos por todos conocidos. Era hermoso.
Sonaba tan bien que parecía que lo hubieran ensayado en sus ratos libres. La señorita Pérez, rodeada de sus fieles empleadas chinas, estaba sentada en el centro del círculo y cantaba también, y si no fuera por la falta de luz, todos habrían visto que estaba llorando. La enfermera les había administrado a todos los que habían querido un consomé muy caliente con una cantidad intencionadamente alta de somníferos y algunas pastillas rosas. Todo en dosis suficiente para dejar este mundo en paz y sin sobresaltos. Se habían repartido también las chocolatinas y los dulces de la máquina entre todos, porque a nadie le amarga un dulce, y se habían servido a voluntad las bebidas alcohólicas que a cada cual se le antojaron. Bien abrigados, ahora esperaban el final con una calma y una serenidad que sólo los que han pensado ya mucho en el final pueden tener.
Rod contempló la escena en silencio durante mucho rato, relajado y cada vez más ebrio, con una copa de cognac añejo en la mano. Aunque por una parte deseaba entrar en comunión con ese suicidio colectivo, una vez más el miedo a hacer algo definitivo le frenaba. Estaba claro que iban a morir todos, él también, y sin duda con las manos enlazadas y el corazón en paz era la mejor de las maneras... Le vino a la mente el recuerdo de algo que había leído en la Academia hacía años... Era sobre los cátaros, unos herejes según la iglesia imperante del momento, que vivieron en el siglo XIII en lo que hoy era el Distrito 5 y fueron perseguidos cruelment por sus ideas. En su huida por salvar la vida, unos cuantos se refugiaron en un castillo y sobrevivieron los difíciles meses invernales al brutal asedio de sus perseguidores. Finalmente, y sin esperanza alguna, decidieron inmolarse y abrieron las puertas del castillo. Cuentan las crónicas que bajaban la ladera cogidos de la mano, cantando, y que sus cantos no cesaron hasta que la pira donde fueron condenados quedó reducida a cenizas.
Rod pensó que en esta ocasión no quedaría nadie para escribir sobre esta pequeña comunidad humana que alzaba su voz por encima de los aullidos de la tormenta.


De repente sintió un calor suave en la mano que tenía libre. Hao Kan se la cogía con delicadeza y le ofrecía un tazón de caldo. Sonreía, y a Rod le pareció que toda su vida, tal vez la de ambos, no había sido sino un pretexto para llegar a ese momento.
Esos ojos negros eran una invitación al futuro.





FIN









Epílogo, lecturas y cuadros interesantes




Hendrick Avercamp, 1608
Paisaje invernal con patinadores
77,3 cm X 131,1 cm
Rijksmuseum, Amsterdam






Si hubiera quedado alguien vivo para reflexionar sobre ello, se preguntaría cómo era posible que nadie hubiera anticipado el cataclismo de forma que la Humanidad, con tantos miles de años de existencia y evolución, hubiera sabido protegerse -por lo menos intentarlo- de lo que iba a pasar. Se preguntaría por qué no se escuchó a los científicos que anunciaban el cambio de rumbo del clima cuando aún estaban a tiempo de hacer algo (aunque no habría servido para nada). Se preguntaría en qué grado de estupidez supremo se encontraba la especie humana para obviar lo verdaderamente importante y sucumbir a la extinción como un insecto cualquiera.

Pero todas esas preguntas serían inútiles y absurdas, dado que la raza humana está condenada a extinguirse, más tarde o más temprano.
El Planeta Tierra mutará, sufrirá cambios profundos, internos, externos, inducidos o fruto de mil coincidencias cósmicas, se derretirá o explotará en mil pedazos... pero, en cualquiera de sus formas futuras, siempre sobrevivirá. Será simplemente distinto cada vez. Tiene esa capacidad.
Los humanos no, el ser humano sólo puede ser de una manera y sólo tiene opciones de existir en climas relativamente benignos, aptos para su supervivencia: los conocidos como periodos interglaciales.
Más tarde o más temprano una nueva glaciación cubrirá el Planeta de hielo. Será el final del ser humano como especie. Dependerá de nosotros que eso suponga una gran pérdida.


Recomiendo encarecidamente leer el artículo del profesor Francisco Anguita Virella, reconocido geólogo español, especialista en vulcanismo y planetología, "Las causas de las glaciaciones".
Las causas de las glaciaciones. Francisco Anguita Virella, 2006


También otros artículos como el siguiente, del cual extraigo un pequeño fragmento:

"Aunque una vez fue impensable, hoy en día la noción de que el clima puede cambiar rápidamente se está convirtiendo en una teoría respetable. En un informe, de 2003, Robert Gagosian cita una "evidencia que avanza rápidamente (desde, por ejemplo, los anillos de los árboles y los núcleos del hielo) de que el clima de la Tierra cambió abrupta y enormemente en el pasado".
Artículo de ciencia divulgativa de la NASA, marzo 2005

O éste:

"Sin embargo, vamos a suponer que Budyko estaba en lo cierto, y que todo, hasta el mismo fondo de los océanos, se congele a fondo. ¿Sobrevivirá la humanidad? Yo creo que sí, podría hacerlo. La actual tecnología de energía nuclear, basada en la fisión del uranio y el torio, podrían asegurar calor y electricidad para 5.000 millones de personas durante unos 10.000 años. Al mismo tiempo, el stock de hidrógeno en los océanos, para futuros reactores basados en la fusión de átomos, sería suficiente para 6.000 millones de años más. Nuestras ciudades, plantas industriales, invernaderos productores de alimentos, nuestro ganado, y también zoológicos y jardines botánicos convertidos en invernaderos, podrían ser calentados virtualmente para siempre, y podríamos sobrevivir, junto a muchos otros organismos, en un planeta que se ha convertido en un glaciar gigantesco. Yo creo, sin embargo, que una solución "pasiva" de ese tipo, no haría honra al genio de nuestros futuros descendientes, y ellos aprenderían la manera de restablecer un clima cálido para nosotros y para todo lo que vive sobre la Tierra."

"La Pequeña Edad de Hielo de 500 años de duración prevaleció desde 1350 hasta 1880, en toda la Tierra, con temperaturas medias 1º C menores que las actuales. El Mar Báltico podía cruzarse en trineos desde Polonia a Suecia, pernoctando en tabernas construidas en el hielo. Las pinturas de Pieter Breughel y Hendrick Avercamp ilustran al período".

JAWOROWSKY, Zbiegniew. "Solar cycles, not CO2, determinate clima", in 21st Century Science & Technology, Winter 2003 - 2004
M.I. Budyko, 1982. "The Earth’s Climate: Past and Future." International Geophysical Series, Vol. 29, ed. W.L. Donn (New York: Academic Press), p. 307.

Y todos los artículos que queráis buscar sobre teorías alternativas al paradigma del calentamiento global antropogénico (se llaman así a las teorías que afirman que el calentamiento global del Planeta es consecuencia de la acción del ser humano), cuya existencia siempre será interesante conocer, les demos o no credibilidad.



Jagers in de sneeuw (Cazadores en la nieve)
Brueghel "el Viejo"
162 x 117 cm.
Kunsthistorisches Museum Wien







2 comentarios:

  1. Sembla una pel.lícula de ciència ficció on toques molt temes actuals, hi ha molts detalls que m'han agradat.
    Continua escrivint.
    Un petó abans no arribi la glaciació.

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  2. Molt interessant, sembla un mescla de 1984 i solian green.m'ha agradat continua escrivint.

    petons Albert

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